A la Madre Naturaleza la seguimos matando. Así se puede resumir  el informe que el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), dio a conocer el pasado 8 de agosto. De forma contundente y sin concesiones, ponían de manifiesto una realidad no por sabida menos inquietante. Las políticas de los gobiernos, algunos en particular, los intereses económicos de las grandes corporaciones y la indiferencia del público en general, hacen oídos sordos a la llamada de los expertos y de la propia naturaleza. Estamos tan absortos en lo inmediato que no percibimos la que se nos avecina si no detenemos esta deriva.

Los medios de comunicación han hecho su labor, que es trasladar esa información de forma breve, concisa y comprensible a la ciudadanía con titulares que han tenido como objetivo llamar la atención sobre los puntos más interesantes, sorprendentes o relevantes de la noticia y, por ende, del informe. No obstante, temo que un documento tan complejo y exhaustivo que aborda toda una reflexión sobre la sostenibilidad de nuestra forma de vivir y habitar el planeta como especie humana, se degrade por las razones expuestas, hasta los límites de la chanza y la frivolidad. Cuando algo nos asusta, tenemos la tendencia a minimizar los datos aterradores que se nos ofrecen. La manida expresión “¡Tampoco será para tanto!” es la vía de escape para nuestras cómodas conciencias consumistas.

¡En la mesa no se deja nada! Esta frase reúne en sí toda una cultura que hemos abandonado a manos de una abundancia que en realidad no tenemos y que producimos en una loca carrera a ninguna parte. Comemos y bebemos lo que las grandes multinacionales nos marcan como tendencia o las políticas económicas de unos gobiernos ciegos nos imponen, mientras que se ignoran las advertencias reiteradas de los expertos. El consumo de carne desmesurado y desequilibrado entre unas regiones del mundo y otras, no es sostenible. No lo era siguiendo ya el consejo de nuestros mayores y nuestra cultura mediterránea que abogaban por la alimentación a través de una dieta variada, no sólo construida sobre la ingesta de proteínas animales. No es saludable.

Movimientos como el vegetariano o el vegano, así como el animalista, también han denunciado el maltrato animal en la industria alimenticia contemporánea y se han esforzado por ofrecer alternativas. Además, tenemos que asimilar que nuestra forma de comer supone un grave atentado contra la naturaleza por las emisiones de metano, el gasto en energía y en agua derivado de la crianza intensiva y el mantenimiento del ganado, y la preparación y manipulación de extensiones de terreno para dar la bienvenida al pastoreo. Pero, a la vez, olvidando las técnicas ancestrales de la trashumancia y su contribución al uso racional de los pastos y la sostenibilidad de prados y montes. Cabe incluir la huella de carbono que deja el transporte de la producción cárnica.

Debate sobre la tierra

Todos estos datos deberían despertar nuestras conciencias, alimentar nuestro juicio e insuflarnos nuevas cotas de valentía para tomar decisiones con conocimiento de causa. Hemos de escapar de argumentos inconsistentes como alegar que la ONU se quiere meter en nuestra cocina o decidir por nosotros qué comemos.

Tal postura produce un efecto pernicioso porque despierta el falso orgullo y las ansias de una libertad soberana mal entendida de ciertos grupos y personas que se reafirman así en sus “buenas” conductas rechazando todo lo que represente cambio en sus costumbres. No es ése el objetivo del informe. El arduo trabajo que ahora se nos presenta busca abrir un debate internacional de calado en que toda la ciudadanía se replantee y reflexione sobre la viabilidad, a futuro, de su forma de vivir y su paso por la Tierra.

Todo esto se engloba en un análisis mucho más amplio que trasciende las fronteras de nuestra dieta. Hemos de detenernos a pensar sobre la energía que consumimos y su origen; los productos que compramos y su procedencia; las empresas a cuyos productos y servicios recurrimos y su impacto en el medioambiente y en los derechos humanos de quienes sufren en primer término los efectos de esa depredación y explotación suicida.

Una vez hagamos una valoración sobre el impacto que nuestro día a día presente tiene en el día a día futuro de las generaciones que nos seguirán, habrá que tomar medidas. Tenemos que exigir acciones a los partidos políticos, a los gobiernos, a los municipios, a la Unión Europea y otras organizaciones internacionales, pero también tenemos que ser consecuentes y adaptar nuestra vida, con coherencia, a nuestras palabras.

A la vez que este debate tiene lugar, en un nivel profundo u otro más superficial, se siguen cometiendo verdaderas atrocidades contra la naturaleza. Verdaderas catástrofes dirigidas por el ser humanos a través de grandes empresas y gobiernos que están detrás de la contaminación de nuestros océanos y mares, la desaparición de especies animales, la polución de la atmósfera y el aire que respiramos, la destrucción de subsuelo, la expoliación de bosques y selvas, o la degradación de los ríos.

Mientras unos rechazan verlo y siguen empecinados en posiciones negacionistas que ningún informe científico medianamente serio es capaz de sostener, otros hemos decidido ponerle nombre y es el de ecocidio. Este concepto, que desarrolló la ya desaparecida Polly Higgins, define con maestría la destrucción de todos esos ecosistemas hasta hacerlos inservibles para la vida y disfrute de sus habitantes: animales, plantas o personas.

Ante el ecocidio, urge activar la ley y la justicia internacional y universal y luchar contra la impunidad derivada de la barbarie climática y ecológica. Es una actitud insoslayable que no debe demorarse ni un segundo, del mismo modo que no se puede retrasar ni un instante la reflexión profunda y nada frívola que el informe del IPCC nos interpela a hacer: ¿Cómo debemos revisar nuestra conducta en la Tierra para que siga siendo posible la vida en este planeta?

Publicado en Infolibre.es